Los jóvenes en cuarentena, el grupo de "riesgo" que nadie habla.

Opinión 17 de agosto de 2020 Por Sol Salinas - Concejal PRO Ciudad de Mendoza
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Esta semana, el 12 de agosto celebramos el Día Internacional de la Juventud, no fuimos parte de ningún anuncio de ninguna política pública, pero sí fue tendencia en las redes sociales lo que dijo un chico que trabaja para el Gobierno Nacional “les pibis” como parte o forma del nuevo lenguaje inclusivo. No quiero detenerme acá, porque necesito que hablemos de lo que les pasa verdaderamente a los jóvenes argentinos.

Llevamos más de 140 días de cuarentena, la Fundación Ineco publicó sus estadísticas que muestran que 8 de cada 10 jóvenes sufren síntomas de depresión o ansiedad debido a la cuarentena. El Gobierno de la Provincia de Mendoza anunció que los que más contagian la enfermedad Covid-19 son los jóvenes, y este pico se manifestó luego del 20 de julio, el día del amigo.

Unicef publicó la segunda encuesta durante la cuarentena, 7 de cada 10 adolescentes respondió que lo que más les cuesta de la cuarentena es “no ver a mis amigos”. Según estudios del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) y CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento) a través del documento “Educar en tiempos de Pandemia”, hay más de 10 millones de estudiantes en todo el país en la educación común, de los cuales solo el 56% de los hogares tienen internet fijo, y el 53% de los menores de 18 años viven en hogares pobres.

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El Gobierno Nacional nos habla con la “E” como si fuera parte de las soluciones a las innumerables problemáticas, como si el lenguaje solucionara todo lo que pasan los jóvenes y de la titular de la cartera de Juventudes, lo único que se sabe es que es una buena jugadora de fútbol.

Hoy la educación forma a generaciones para vivir en un mundo que ya no existe, te educa para la era industrial, para convertir a campesinos analfabetos en obreros adaptándolos a la función mecánica para desempeñar en las fábricas. Si bien este sistema educativo te enseña a leer, escribir, hacer cálculos, es un sistema que “mata la creatividad”. Cómo puede ser que un adolescente de 15 años que cursa 14 materias, aprueba 11 con mucho esfuerzo y si desaprueba 3 de ellas no pasa de año calificando las trayectorias de forma muy inflexible y con una única perspectiva de rendimientos educativos.

A lo largo del proceso educativo, la gran mayoría perdemos la conexión con el niño creativo y soñador, marginando por completo el espíritu emprendedor y como consecuencia, empezamos a seguir caminos marcados y sentenciados por el contexto que nos rodea, es como un ruido interno constante que nos impide escuchar y desarrollar nuestra propia creatividad y diferentes capacidades.

No se puede crecer viviendo con lo urgente, necesitamos un sistema que acompañe, que incluya y atienda las necesidades de las juventudes, es prioritario cambiar la imagen estereotipada de que los jóvenes son un dolor de cabeza para las instituciones, para la sociedad, porque solo hace que fracasemos década tras década.

La muy escuchada “movilidad social ascendente” la relacionamos con aquel obrero de construcción que con mucho esfuerzo logró que su hijo se convierta en médico, abogado, docente, fue parte de una época clave para el crecimiento de la Argentina, fue parte de un proceso que nos enorgulleció con premios nobeles y reconocimientos en el mundo y hoy insistimos volver a eso, hoy una parte de la sociedad necesita volver al “sacrificio” para sentir que estamos por el camino correcto.

“Los hijos de la crisis” como lo tituló un artículo CIPPEC, los nacidos en el 2000 y 2001, nacidos en una crisis social, económica y política, básicamente una crisis estructural. Para el 2003 el 70% de los niños menores de 4 años eran pobres. Hoy son nuestros jóvenes de 19, 20 años que les exigimos que estudien, trabajen y nos llenen de orgullo en el mundo. ¿De verdad estamos esperando eso? Nacieron y crecieron en una sociedad desigual, atravesada de una crisis que nunca se fue y creció con ellos, con Gobiernos que enterraban la plata de los argentinos en cuevas, en bolsos, en hoteles lujosos y vaya a saber cuantas cosas aberrantes más.

No me voy a detener en tirar culpas, porque las culpas son de todos, menos de ellos, ellos no pudieron elegir ni donde ni cuando nacer, ellos se educaron en un sistema para un mundo que ya no existe, ellos crecieron en una sociedad que mira indiferente, ellos votaron por primera vez el año pasado y muchos de ellos aún no votan, ellos intentan salir a un mundo laboral inflexible, lleno de trabas, que excluye, que frustra, y que nadie habla.

Casi dos de cada diez jóvenes están desempleados (19,3%), mientras que esta tasa se reduce al 7,4% cuando se habla de la población en general. Es decir, la tasa de desempleo en los jóvenes casi triplica a la de la población adulta en general y esta brecha viene ampliándose desde 2004, según datos del INDEC. Argentina es el país con mayor desempleo juvenil de la región, por lo tanto, hay que apostar a servicios de educación, al desarrollo del proyecto de vida porque cada uno de los jóvenes alberga algún tipo de talento por descubrir y desarrollar. Para lograr esto se necesita apostar a nuevas funciones profesionales que no tienen nada que ver con la educación industrial o las aptitudes académicas convencionales, más bien debemos comprometernos en brindar herramientas para los procesos de autoconocimiento y desarrollo personal. Cuanto más nos conocemos, más valoramos por ser quienes somos. Y cuanto más nos valoramos, más sabemos para qué servimos y cómo podemos ser útiles para la sociedad.

¿Escucharon hablar de la anosognosia? Es un término médico que se utiliza en pacientes con enfermedades que se niegan a reconocer la enfermedad y su diagnóstico, por lo que repercute negativamente en el pronóstico y por lo tanto en su recuperación.

¿Somos una sociedad con anosognosia?

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